martes, 11 de junio de 2013

RETROVISORES

Muchas veces, cuando voy andando, echo de menos llevar retrovisores, porque me permitiría ver si viene alguien detrás y así evitar chocar con él.

Estamos acostumbrados a llevar retrovisores en los coches, en motos y hasta  en bicicletas. La verdad es que está bien poder ver qué viene por detrás.

Los retrovisores permiten ver hacia atrás, pero lo que en realidad nos permiten es predecir el futuro.

Lo mismo pasa en nuestra vida. Nos formamos ideas, prejuicios, llevamos detrás un buen bagaje de conocimientos y aprendizajes. Todo ello nos puede servir para predecir el futuro y no cometer otra vez el mismo error, o mejor aun, volver a hacer las cosas igual de bien.

Otras veces esos prejuicios nos impiden avanzar. Sería como quedarse mirando mucho tiempo el retrovisor del coche. Tratar de contemplar la carretera que ya pasó, o intentar ver si había un camino que nos hubiera venido mejor. No sirve.

Las personas avanzamos en la línea del tiempo siempre hacia delante. Los conocimientos adquiridos son importantes. El cerebro es capaz de aprender rápidamente cuando algo nos causa daño, y ancla esa vivencia en la parte más interna del cerebro, el sistema límbico (en el libro Inteligencia Emocional de Daniel Goleman está muy bien explicado).

Es un efecto adaptativo que permite reaccionar de forma inmediata ante un peligro similar.

Pensemos por ejemplo en el fuego, rápidamente aprendemos que es necesario evitarlo, y esa parte profunda del cerebro hace que el cuerpo reaccione de forma inmediata ante un fuego de grandes magnitudes, huyendo. El cuerpo reacciona antes incluso de que la parte “pensante” del cerebro sea capaz de procesar la información de forma completa (el cortex prefrontal).

Sucede lo mismo cuando algún objeto sale disparado hacia nosotros (a una velocidad visible), el cuerpo reacciona apartándose de forma instintiva.

Otra veces el aprendizaje imbuido en ese cerebro primitivo no resulta tan adaptativo. Sucede por ejemplo cuando entramos en una escalera mecánica o una cinta móvil que está parada, el cuerpo reacciona intentando equilibrar el cuerpo con el movimiento que espera encontrar, y sentimos un pequeño movimiento en el suelo que en realidad no se ha producido, se llama idea fija (y si la escalera o la cinta se estuviera moviendo sí resultaría adaptativo).

Nuestro cerebro es muy complejo, en todo caso. Durante toda nuestra vida estamos aprendiendo. Durante toda nuestra vida hacemos juicios, en especial de otras personas o de situaciones. Resulta útil poner en duda esos prejuicios, porque a veces las situaciones cambian. Es decir, lo que valía para un momento ya no vale para otro. Otras veces nos enquistamos en el aprendizaje, y adquirimos “vicios” de actuación que resultan difíciles de evitar.

Me pasó esta Semana Santa, cuando fui a esquiar después de muchos años. Tenía los vicios adquiridos de los esquís que se utilizaban hace 20 años, y me costó cambiar el movimiento del cuerpo para adaptarlo al nuevo material.

Es el momento de desaprender (del que ya he hablado en otra entrada). Cuando se trata de desaprender habilidades físicas para mejorarlas después, puede resultar complicado de conseguir, pero es fácil de aceptar. Más difícil es aceptar el desaprendizaje de “conocimientos”, de ideas y procesos mentales que se han dado por ciertos durante mucho tiempo.

También es importante dejar de mirar el pasado. Si pasas demasiado rato mirando por los retrovisores, o te detienes y dejas de avanzar, o te arriesgas a tener un accidente. Lo que es seguro es que dejas de ver la carretera que va pasando, te pierdes en definitiva todo lo que el camino te ofrece de nuevo.

No sirve de nada regodearse en el pasado. Resufriendo aquello que nos hizo daño. La mente suele recordar mejor aquello que nos hizo felices. Eso es lo que nos debe quedar, como lugar al que volver en momentos de incertidumbre, como lugar del que volver a partir hacia delante.