martes, 9 de abril de 2013

Suerte y Destino


 
Dicen que había un hombre en un lejano país que conocía la felicidad, que siempre conseguía todo lo que quería.
 
Dicen que parecía tocado por la mano de la fortuna.
 
Dicen que su destino era poseer todas las cosas y dirigir todos los países.
 
Cuentan que un día Suerte fue a visitar a su amigo Destino. Entre los dos existía una vieja historia de amor y odio.
 
Viven dentro de cada persona, y cuando están a buenas esa persona medra, y los bienes le caen del cielo. Pero cuando se enfadan la persona sufre las consecuencias y lo pierde todo.
 
A veces, sólo por divertirse, hacen a una persona afortunada, hacen que se sienta el rey del mundo, y cuando está en la cima de su felicidad… la hacen caer al suelo.

 
Suerte se sorprendió de que su amigo no estuviera dentro de aquel hombre afortunado. Destino se sorprendió de ver a Suerte llegar de lejos, también esperaba verla asomar por la oreja del hombre afortunado.
- ¿Cómo es posible? - Se preguntaron los dos.

- ¿Qué clase de magia es esta que hace a un hombre poseer los dones que solamente nosotros podemos darle?
 
El hombre, un viejo artesano, miró a ambos, que estaban sentados en el borde de su mesa de trabajo.
 
Vaya, – dijo - no esperaba visitas de pequeños geniecillos.
 
 - No somos geniecillos. - Respondió Suerte malhumorada.
 
 - Somos aquellos que decidimos el futuro de los hombres. - Dijo Destino.
 
- ¿Mi futuro? No, mi futuro lo decido yo. Yo decido a qué hora levantarme cada mañana, qué voy a desayunar, si voy a comer en casa o en el campo, qué ropa voy a ponerme. Decido cuanto voy a trabajar, y qué es lo que voy a hacer cada día. Yo decido si ayudaré a mis vecinos o no. Decido cada una de las acciones de mi vida. Nunca os había visto antes.
 
 
Suerte y Destino se miraron. He aquí alguien que no reconocía su poder. No podían permitir que aquel hombre arruinara su reputación.
 
 - ¿Y si te dijera que yo puedo hacer que cada una de las figuras que haces se convirtiera en un objeto muy valioso? – Dijo Destino.
 
- ¿Cómo podrías hacer eso?
 
 - Haciendo que el destino de un rico marchante le hiciera pasar por aquí y se fijara en tus figuras.
 
- Y yo podría hacer que te hicieras inmensamente rico esta misma tarde. – dijo Suerte.
 
- ¿Cómo? – Dijo el hombre casi asustado.
 
- Haciendo que encuentres una enorme roca de oro en tu propiedad.
 
 
El hombre estuvo pensando durante un buen rato. Finalmente sacudió la cabeza, y dijo:
 
 - No.
 
- Si admitiera que hicierais eso pondría mi futuro en vuestras manos. Seguro que algo de suerte me vendría bien, y también sería bueno que mi destino fuera ser descubierto por un gran marchante de arte que me hiciera famoso y rico.
 
Pero ambas cosas las podría conseguir por mí mismo, si quisiera. O al menos intentarlo con todas mis fuerzas si ese fuera mi deseo.
 
Sin embargo haría que mis pensamientos dependieran de vosotros, que sois unos geniecillos muy traviesos. Creéis que podéis dirigir el futuro de los hombres, pero solamente tenéis poder sobre aquellos que creen que vosotros sois el único medio para obtener lo que ansían. No saben que si ellos lo deciden vosotros estaréis a sus órdenes.
 
- Ja, ja, ja,ja. – Rieron los malignos geniecillos.

- No puedes obligarnos a nada.
 
 
El hombre sonrió, se sentó en su taburete y comenzó a hacer girar su torno de alfarero, tomó un pedazo de arcilla y lo puso sobre el plato. Con sus expertas manos fue moldeando una vasija perfecta. Después la dejó secar mientras preparaba pinturas mezclando hábilmente pigmentos de distintos colores.
 
 
Cuando la arcilla se endureció comenzó a pintar sobre ella con mano firme, preciosas figurar de geniecillos enfadados, como los que ahora rondaban por su taller.
 
 
Dejó durante un momento la vasija y fue a calentar el horno. Cuando alcanzó la temperatura adecuada colocó dentro la vasija.
 
 
Después de un tiempo retiró la vasija con cuidado de no quemarse. Antiguas cicatrices mostraban que en otras ocasiones no había tomado las precauciones adecuadas.
 
 
Se montó en su carro y se fue a la ciudad vecina, donde conocía varias tiendas. Ese día había mercado, y antes de que pudiera llegar a ninguna de las tiendas, se congregaron a su alrededor decenas de personas. Conocían al artesano y sabían que llevaría una bonita pieza para vender.
 
 
Las personas comenzaron a ofrecerle comida, joyas, dinero, a cambio de su vasija. Suerte y Destino intentaban ahuyentar al gentío para que nadie pudiera comprar la vasija. Pero no lo consiguieron. La fama del hombre era inmensa.
 
 
Cuando el hombre consideró que le ofrecían suficiente por su pieza, la vendió. Podría haber obtenido más, pero esa cantidad era suficiente. Con el dinero compró comida, algunas herramientas, y una bonita joya para su pareja.
 
 
Cuando ya se volvía hacia su casa, para disfrutar de otra buena tarde junto con la persona a la que amaba, miró a Suerte y Destino y les dijo:
 
- Sólo tenéis poder sobre aquellos que creen que no controlan su futuro. Solamente controláis el futuro de quien espera que alguien resuelva sus problemas. Sin duda podéis ayudar, y también hacer el mal. Sin duda haríais mi vida más fácil. Pero entonces ya no sería la visa que yo hubiera escogido, sino la que vosotros me hubierais llevado a tomar.
 
Si algún día queréis hacerme un regalo, lo tomaré, pero no os lo agradeceré, porque nada hacéis que no sea por vuestro único bien.