Verbalizar es, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua
Española: “Expresar una idea o un sentimiento por medio de palabras”
Si atendemos a las conversaciones a nuestro alrededor, de una
manera superficial, parece que las personas constantemente hablamos de nuestros
sentimientos… pero… si atendemos un poco más, veremos que lo que se expresan son opiniones, ideas y sentimientos sobre los demás, y en muchas
ocasiones reproches.
“Me vuelves locaaa” le gritaba el otro día en el metro una madre a
su hijo. No conozco los antecedentes de la situación, así que no puedo saber
si lo que decía era cierto, aunque fuera figuradamente. De lo que sí estoy seguro es de que
la madre estaba lanzando hacia su hijo una bomba de reproche.
En alguna entrada anterior he tratado el tema de la asertividad, de la comunicación asertiva como forma de
relacionarse con los demás, expresando nuestros sentimientos, pero sin hacer de
ellos un arma arrojadiza, sino de forma que el “otro” entienda lo que sentimos,
y podamos juntos encontrar un camino de encuentro en las acciones de ambos.
¿Es posible esa comunicación asertiva en el interior? Es decir,
¿Podemos verbalizar nuestros sentimientos sin que suponga además un daño hacia
nosotros mismos? ¿Podemos hablar con nosotros mismos diciendo lo que sentimos acerca de nosotros, sin hacernos daño en el intento? Seguro que sí.
Verbalizar las emociones positivas es importante. Permite que nos
hagamos explícito lo que sentimos de bueno, permite que reconozcamos lo positivo de nosotros, lo que nos gusta de nuestra forma de ser. Ese refuerzo positivo servirá para
tener más claros nuestros valores, nuestros amores.
Y verbalizar las emociones negativas también es importante. Porque al
hacerlas explícitas las quitamos parte de su poder sobre nosotros. Permite que
las alejemos de la esfera íntima, que las veamos desde fuera, que las pongamos
en otro contexto, mirarlas con otras gafas o desde otra óptica, o con un cristal
de otro color.
Claro, que hay un pequeño detalle en los dos últimos párrafos, algo que
podría darse por supuesto, y no es así. He escrito deliberadamente “emociones
positivas” y “emociones negativas”. Con una valoración que la mayoría entenderá,
quizás. Sucede que posiblemente no todos entendamos negativo y positivo de
la misma forma.
Para algunas personas la tristeza puede ser constructiva, les puede
permitir elaborar arte de forma más intensa. Sin la tristeza que conlleva, el
Adagio de Albinoni no sería tan
hermoso.
Para otras personas esa tristeza es incapacitante, cuando se instala de
forma permanente sin que la pérdida sea asumida .
Sin embargo en ocasiones la tristeza, el dolor por las pérdidas, es
sanadora. Permite dejar que la “herida” se cure. Llorar para dejarlo ir.
No tengo tan claro que tristeza sea una emoción negativa. Y lo
mismo seguramente se podrá decir de muchas otras emociones que se sitúan en la
esfera de lo “que hay que evitar” en este primer mundo volcado hacia la
satisfacción y la felicidad.
Entonces ¿qué he querido decir con emociones negativas?
Simplemente aquellas que te hacen sentir mal, Son emociones a veces asociadas a
situaciones cuya evocación te produce encogimiento físico, situaciones que, al recordarlas, te hacen mirar hacia abajo y
entrecerrar los ojos. Verbalizar lo que sientes en ese momento puede ayudar a
entender, poner nombre al sentimiento, y comprenderlo es uno de los primeros pasos para, después, pasar a la
acción y quitarle el poder a esa emoción, a ese sentimiento que nos aturde.
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