lunes, 3 de diciembre de 2012

Tristeza



Suelo ser previsor, y preparo las entradas que voy a publicar con tiempo. En las últimas semanas cada vez puedo dedicar menos tiempo a escribir las entradas del blog, así que he decidido que a partir de esta semana solamente escribiré una entrada los miércoles. El resto de los días iré publicando frases, ideas.

Sin embargo, se repente todo cambia. Y un acontecimiento repentino, una noticia te hace ver que la vida es un momento, el presente, y que las previsiones por muy bien que estén solamente son imágenes de un futuro que puede o no llegar.

Hace algunas semanas publiqué un cuento acerca de los sentimientos por una persona que se fue. Tristeza por su marcha, alegría por haberla conocido.

Hace mucho tiempo un poeta llamado Khalil Gibran escribió un maravilloso libro, “el Profeta”. El que yo tengo está editado en 1983, y sus páginas ya amarillean por el tiempo y por haberlo leído muchas veces.

En el libro un profeta llamado Almustafá se dirige a los habitantes de una ciudad, justo antes de partir, hablando de todo aquello que le van preguntando. En un momento una profetisa llamada Almitra le pregunta por la muerte. Y él les dice:

“Queréis saber el secreto de la muerte

¿Pero cómo habéis de encontrarla a menos que la busquéis en el corazón de la vida?

El búho, cuyos ojos atados a la noche son ciegos en el día, no puede descubrir el misterio de la luz.

Si queréis, en verdad, contemplar el espíritu de la muerte, abrid de par en par vuestro corazón en el cuerpo de la vida.

Porque la vida y la muerte son una, así como son uno el río y el mar .

En lo profundo de vuestras esperanzas y anhelos descansa vuestro conocimiento del más allá.

Y, como las semillas soñando bajo la nieve, así vuestro corazón sueña con la primavera.

Confiad en los sueños porque en ellos está escondido el camino a la eternidad.

Vuestro miedo a la muerte no es más que el temblor del pastor cuando está en pie frente al rey, cuya mano va a ponerse sobre él como un honor.

¿No está, tal vez, contento el pastor, bajo su temor, de llevar la marca del rey?

¿No le hace eso, sin embargo, más consciente de su temblor?”

 

Ayer, o todavía hoy porque escribo hasta tarde, Nicolás, mi hijo de siete años nos dijo mientras poníamos una vela en la entrada de casa, que una amiga suya del colegio se había ido al cielo.

Él tiene la creencia ingenua y sincera de que las personas que se van siempre van al cielo si han sido buenas.

Yo hace tiempo que abandoné esa creencia, lo que no me impide aceptar las de los demás.

A mi modo de ver las personas no nos extinguimos, seguimos por aquí, como energía o como que se yo. Pero sé que no desaparecemos sin más; lo sé porque de pequeño, con mis ingenuos y sinceros ojos, veía a personas que ya no debería ver.

Se llama Patricia, tenía siete años, sigue estando por aquí, aunque no la veamos, tal vez con un nombre diferente. Pero sigue siendo la misma niña a la que mi hijo preguntaba ¿cómo estás? Cada vez que la veía.