lunes, 19 de noviembre de 2012

CARPE DIEM



Ya he comentado antes lo importante que es el lenguaje positivo, especialmente en los diálogos internos, cuando hablamos con nosotros mismos.

Igual de importante es saber cortar el diálogo interno negativo, ese que es una espiral de palabras que cada vez nos sumergen más en la sensación de derrota, o en el enfado.

Es curioso ver como cuando nos levantamos con el pie izquierdo, esos días en los que tenemos una nube negra encima de la cabeza (nube que sólo nosotros vemos), cualquier pequeño contratiempo produce un ataque de ira, de enfado disparado. Puede ser que reaccionemos de forma exagerada a un comentario, acción o inacción de alguna persona; entonces la cabeza comienza a dar vueltas a un pensamiento creando una ofensa que no existió, creando una situación imaginaria cada vez más complicada e irracional o simplemente realimentando ese enfado hasta que se convierte en una bomba a punto de estallar. Un pequeño impulso por parte de la persona más cercana en un momento hace estallar el enfado, a destiempo las más de las veces.

Es relativamente fácil detener ese proceso mediante “detección del pensamiento”. Ya he hablado antes de esta técnica. Se trata de estar atento, si es que somos propensos a los ataques de enfado, a los pensamientos que inician la espiral imaginaria.

El diálogo interno suele ser algo como:

 - ¿Por qué esta mañana no me ha saludado? (un hecho irrelevante)

 - ¿Le habré hecho algo? (una muestra de inseguridad)

 - Pues que yo sepa no… es que siempre tiene que estar en contra mía (generalización)

 - Y siempre es él (ella) quien me ignora, y siempre me está pidiendo cosas, y nunca me hace caso, y no se acuerda de lo que le digo, y... (más generalizaciones que cada vez van más hacia el pasado, se tornan más retroactivas recordando viejas (y no siempre reales) injurias.

El resultado final es una sensación de “te vas a enterar cuando te vea” que no se corresponde con la causa inicial del enfado.

Cuando esta situación se refiere a situaciones de pareja, lo mejor es hablar, antes de enfadarse, y sin atacar al otro, sin echarle en cara nada, sin atacar, empleando el diálogo asertivo que vimos otro día.(ver etiqueta de asertividad).

Otro de los diálogos negativos en los que de vez en cuando nos vemos inmersos es en esas situaciones en las que no conseguimos hacer algo fácil.

El otro día me pasó algo así a mí; fue un día de esos en los que tienes las manos de mantequilla y se te cae todo, y tiras mil cosas con el codo. Es fácil decirse “que inútil soy”, cuando en realidad, y como mucho debería ser un “que torpe estoy”. A veces ese diálogo interno es inconsciente, ni siquiera es un diálogo verbalizado, sino una serie de sensaciones negativas que nos van invadiendo.

A veces esas sensaciones toman el control del cerebro, y algunas personas se vuelven “inválidos mentales”. En el caso extremo está la llamada “indefensión aprendida”, estudiada por Martin Seligman, de quién ya he hablado.

Seligman hizo un experimento con animales. Iba a describirlo aquí, pero mi alter ego femenino (Eva, mi chica, que siempre me ayuda a mejorar cada una de las entradas del blog) me ha recordado un cuento que se ajusta a la perfección a la idea que intento contar. Es un cuento del libro “Déjame que te cuente” de Jorge Bucay.

Cuentan que en un circo había un gran elefante. Un niño miraba a ese elefante sorprendido de que no se escapara, porque tan solo estaba sujeto por una pata a una pequeña estaca clavada al suelo. Con muy poco esfuerzo elefante podría haber podido soltarse. Sin embargo permanecía quieto. El cuidador le explicó que cuando era pequeño ese elefante le sujetaron a una estaca similar, fijamente clavada al suelo. Ese elefantito no pudo soltarse por más que lo intentó. Aprendió que no podía soltarse. Esa idea se quedó fijada en su cerebro, y cuando creció nunca intentó soltarse.

Es fácil pensar que eso solamente les sucede a animales, pero que las personas podemos usar el razonamiento para evitar situaciones como esta.

Antes de continuar, os invito a ver el siguiente vídeo (gracias Diego):

Una vez que lo hayáis visto, pensad, esos chicos fueron engañados, diciéndoles que podían hacer una tarea que era imposible. El resultado fue que se sintieron incapaces de hacer después una tarea que era posible. Pero si miráis bien, veréis que no les pasa a todos, algunos de ellos encuentran la solución a la tercera palabra, aunque no han sido capaces de encontrar las dos primeras.

¿Cuál es la diferencia entre unos y otros? ¿Por qué algunos de ellos han sido capaces de sobreponerse a la indefensión aprendida?

Hay varias posibles respuestas. Una que hicieron trampa y miraron a sus compañeros de al lado, comprobando que no todas las hojas eran iguales, o bien no siguieron las instrucciones y trataron de resolver los tres anagramas a la vez. Eso significa que son personas capaces de salirse de las normas marcadas, y eso a veces les da resultados positivos.

Otra respuesta al enigma es que son personas diferentes en otro sentido, son optimistas (¿os suena la palabra?) y en vez de darse por vencidos intentaron lo que parecía imposible, pensando algo así como “que una vez no lo haya conseguido no significa que no sea capaz”. Este optimismo recalcitrante es el que vengo proponiendo.

Hay otro cuento de Jorge Bucay que me gusta especialmente y que explica muy bien cómo el mantenerse optimista, el mantener el objetivo, puede ayudarnos.

Un día dos ranitas se acercaron a una casa, atraídas por un olor que desconocían. Entraron por la cocina y cayeron a una fuente de nata .comenzaron a mover las patas, a nadar para salir de ese líquido espeso, pero no conseguían avanzar y llegar al borde. Una de las ranitas se dejó vencer por la desesperación, dejó de nadar y se hundió. La otra ranita continuó nadando, decidida a mantenerse a flote mientras le quedaran fuerzas, decidida a llegar al borde de la fuente. A fuerza de mover las patas, de batir la nata, ésta se convirtió en mantequilla, así que de repente la ranita se vio encima de una masa sólida, de la que salió en dos saltos corriendo después hacia su estanque.

No darse por vencido, pero sobre todo, no suponer que somos inútiles, solamente porque no hayamos conseguido hacer algo que otros sí pueden. Las personas NO somos todas iguales, no tenemos todos las mismas capacidades o intereses, ni gustos. Esto no nos hace mejores o peores (por eso somos iguales ante la ley según especialmente el dinero que podamos poner en sus balanzas).

Lo que sí es posible es superar esa sensación de incapacidad, haciendo un trabajo continuo de autoconfianza, de optimismo.

Y por último, quiero enlazar esta continua invocación del optimismo, como medio de mejorar nuestras capacidades con una forma de ver la vida.

Carpe diem es una locución latina que literalmente significa 'toma el día', que quiere decir 'aprovecha el momento', en el sentido de no malgastarlo. Fue acuñada por el poeta romano Horacio.

Ahora se toma como “vive la vida”, Disfruta de cada instante sin preocuparte por el futuro…

Mi amigo Paxto es fraile, y se dedica a la enseñanza. Durante un tiempo estuvo en Líbano y ahora está en Israel, en un colegio multirreligioso en el que los niños no tienen serios problemas con ese tema en particular.

Este verano, hablando de mil cosas a la vez, como siempre que le veo, me hizo un reflexión que se me quedó grabada. Me dijo (en resumen y una vez procesado por mí el mensaje):

 - Hay que aprovechar las ocasiones, las posibilidades que se nos ofrecer. Está muy bien vivir el momento, pero Carpe Diem significa “aprovecha el momento”, y eso incluye aprovechar lo que la vida te ofrece de trabajo, de aprendizaje, de mejora, de crecimiento.

Aprovechar el momento, tomar el día, no debe tomarse como una invitación al hedonismo absoluto sino “aprovecha la ocasión”, utiliza todo lo que la vida te da.

Ese aprovechar el instante incluye no desesperar, mirar la vida con optimismo y con los ojos abiertos para VER lo que nos ofrece, para VER las ocasiones de crecimiento, de trabajo, de aprendizaje, de compañía, de placer, de felicidad. Es un canto a abandonar la pereza (esto me cuesta mucho a mí, sobre todo a la hora de la siesta, tanto me cuesta que en general dejo que la pereza me gane en esos momentos), a lanzarse a la vida a tomar cada gota de ella.

Las personas con base optimista verán esas ocasiones cuando lleguen, porque en general no estarán dándole vueltas a las ocasiones perdidas, a lo que no fueron capaces de hacer, a la humillación sentida y vista solo por ellas, a la punta de sus zapatos. Los optimistas tendrán los ojos y los oídos abiertos, para hacer y obtener. Aunque no lo consigan siempre. PERO, lo volverán a intentar buscando en los fracasos, como mucho, qué falló para hacerlo bien a la próxima, para intentarlo de otro modo o hacer otra cosa si esa es imposible.