viernes, 5 de octubre de 2012

Un cuento



Hoy quiero contaros un cuento.

Este año que está en su último cuarto ha sido un año complicado. Personas cercanas y de mi familia han estado muy enfermas. Algunas siguen estándolo.


No es fácil tratar con la muerte. No es fácil aceptar que las personas allegadas no son eternas. Siempre los queremos a nuestro lado.


Yo siempre pregunto a quienes han perdido a alguien importante para ellos ¿cómo estás?, porque la persona que queda aquí es la que sufre.


Creo que hay que llorar, pero no caer en el desconsuelo.


Pasé un tiempo pensando en cómo decirle a mi hijo que una persona a la que quiere se iba a ir, cómo decírselo cuando pasara. Entonces escribí el cuento que viene a continuación (me gusta Jorge Bucay, y este es su estilo, por ai alguna vez queréis leer sus libros), antes de que nada haya pasado, porque soy una persona previsora, aunque imprevisible.


Después de escribirlo, un día hablando con él sobre la posibilidad de la muerte de esa persona, me dijo, con su razonamiento de niño de seis años:


- Papá, hay que dejar que la naturaleza siga su curso, y no tratar de retener a las personas que tienen que irse.


Bueno, y ya había escrito el cuento, así que lo pongo aquí por si ayuda a algún adulto, tanto como mi hijo me ayudó a mi:


Un anciano esquimal, encontró una noche a un joven extranjero al que conocía, llorando junto al pueblo. Al preguntarle por qué lloraba, el joven contestó:


- Acabo de ver la más hermosa aurora boreal, ha sido tan hermosa que mi corazón se ha llenado de emoción y de amor.


- Entonces, por qué lloras tan desconsoladamente, -preguntó el anciano.


- Porque pienso que nunca más veré nada tan hermoso, que mi hijo nunca podrá verla aurora boreal que yo he visto, con sus colores cambiantes, que ha hecho que mi corazón se llenara de alegría.


Entonces, el anciano sonrió.


- Todos aquí hemos visto auroras boreales, siempre hermosas, siempre diferentes, con colores cambiantes; son fugaces, y alumbran el cielo durante un instante, para después desaparecer para siempre. Cuando las vemos, sabemos que desaparecerán pronto, así que guardamos su recuerdo en el corazón, el recuerdo de su calor y de la alegría que nos proporcionó. A todos los que conocemos, les contamos cómo era la aurora boreal, como eran sus colores, cómo nos sentimos al verla, y cómo se alzó en el oscuro cielo durante un instante, para después desaparecer para siempre. Así, el recuerdo de la aurora boreal no se pierde nunca, albergado en nuestros corazones, y nos calienta en las largas noches de invierno.


El joven entendió entonces que acababa de ver algo único, había sido testigo privilegiado de algo muy hermoso, y aunque nunca más pudiera volverla a ver, siempre tendría su recuerdo, y siempre podría hablar de ella, contar lo maravillosa que fue y cómo eran sus colores cambiantes, para que el recuerdo no se perdiera. De este modo, el recuerdo de la aurora boreal tan hermosa que acababa de ver, le acompañó para siempre, albergado en su corazón.


Todos somos auroras boreales, con colores cambiantes, fugaces y hermosas para aquellos que nos quieren. Albergando en nuestro corazón el recuerdo de aquellos a los que queremos, nunca desaparecerán, y siempre nos acompañarán.